Muxía reunió a la Iglesia y al sector turístico para reflexionar sobre la acogida cristiana y la dignidad del trabajo digno

La Archidiócesis de Santiago de Compostela celebró el 18 de septiembre, en Muxía, su Segunda Jornada de Pastoral del Turismo, un encuentro que reunió a sacerdotes, voluntarios, profesionales del sector, representantes institucionales y personas vinculadas a la atención de visitantes y peregrinos.

La convocatoria puso en relación dos realidades presentes en la vida de muchas comunidades: la acogida de quienes llegaron para conocer Galicia o recorrer el Camino y las condiciones de quienes trabajaron para hacer posibles esas estancias.

La jornada, organizada por la Delegación de Pastoral del Turismo y coordinada por su delegado, Juan Ventura Martínez Reboeiras, combinó la celebración de la fe, la reflexión sobre el mundo laboral y la presentación de experiencias de hospitalidad.

El Santuario de Nuestra Señora da Barca y el Parador da Costa da Morte fueron los lugares de un programa en el que se habló de escucha, patrimonio religioso, conciliación familiar, inteligencia artificial y colaboración entre parroquias.

Eucaristía y la recuperación del toque manual de campanas.

La primera parte del encuentro se desarrolló en el Santuario de Nuestra Señora da Barca. El rector, Daniel Turnes Rey, y el vicario parroquial, el Padre William, recibieron a los participantes antes de la eucaristía, celebrada a las 12.30 horas y presidida por el delegado de Peregrinaciones, Manuel Antonio Villar Fernández, junto con otros diez sacerdotes.

La mañana dejó también un hecho relacionado con la conservación del patrimonio: el toque manual de las campanas volvió a escucharse en el santuario después de muchos años, gracias a la participación de la asociación Sinos de Bronce. El artesano campanero José Enrique López Ocampo se encargó de renovar los badajos, deteriorados por la salitre del Atlántico. La intervención permitió recuperar la ejecución tradicional del toque y contribuyó a mantener viva una práctica declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Tras la misa, los asistentes realizaron una visita al templo y a su entorno, antes de compartir un almuerzo en el Parador da Costa da Morte. Allí continuó la programación de la tarde, con la recepción de participantes, la entrega de materiales y los saludos institucionales.

Una acogida que ofrece cercanía más allá de la información.

El delegado de Pastoral del Turismo, Juan Ventura Martínez Reboeiras, agradeció la colaboración de las instituciones y la presencia de personas procedentes de distintos ámbitos: empresas turísticas, agencias de viajes, hostelería, asociaciones, comunidades parroquiales y servicios diocesanos. Dedicó una mención especial a los integrantes de Sinos de Bronce por su contribución a la conservación del patrimonio y reconoció las facilidades ofrecidas por el santuario y el parador.

Desde su experiencia sacerdotal en O Grove y en la atención a quienes visitaron San Vicente do Mar, Juan Ventura explicó que el contacto con turistas y peregrinos le había permitido comprobar la importancia de ofrecer algo más que información. Detrás de cada consulta o visita había una persona a la que se podía brindar tiempo, cercanía y una puerta abierta.

El delegado situó esa reflexión en Muxía, una localidad cuyo santuario había reunido a generaciones de devotos y a numerosos peregrinos que prolongaron hasta allí su recorrido. Recordó la celebración reciente de la fiesta de la Virgen da Barca y la afluencia de fieles como expresión de una devoción que había llegado más allá de Galicia.

Hospitalidad de Muxía con su identidad religiosa.

En su saludo, Daniel Turnes se refirió a la transformación de Muxía y al peso que el turismo había adquirido en una población tradicionalmente marinera. Explicó que ese cambio había influido en la vida de sus habitantes y planteó la necesidad de abordarlo con colaboración y unidad.

El rector describió también una particularidad de la atención pastoral en el santuario: muchas personas llegaron con una disposición religiosa o una búsqueda interior ya muy presentes. Según señaló, el cometido de quienes las recibieron consistió, en buena medida, en escucharlas y acompañar aquello que traían consigo. A partir de esa experiencia, pidió superar rivalidades y sumar esfuerzos para mejorar el trato a turistas y peregrinos.

Por su parte, la teniente de alcalde de Muxía, Sandra Vilela, dio la bienvenida en nombre del Ayuntamiento y agradeció el trabajo cotidiano del párroco. En su intervención reconoció la importancia económica y social del turismo, pero recordó que la identidad de la localidad no podía comprenderse sin su relación con el Santuario de Nuestra Señora da Barca.

Vilela vinculó esa tradición religiosa con la hospitalidad y defendió una atención que incorporase el sentido humano y espiritual de la visita. La colaboración entre el municipio, la Archidiócesis y la Xunta estuvo presente en su agradecimiento por la celebración de la jornada.

Huella personal que deja el Camino.

Posteriormente, el presidente del Clúster de Turismo de Galicia, Cesáreo Pardal, expresó el reconocimiento del sector al Camino de Santiago y a quienes contribuyeron a sostenerlo. Lo presentó como una referencia para la proyección de Galicia y destacó su capacidad para favorecer relaciones personales.

Pardal recurrió a su propia experiencia como peregrino, después de haber realizado el recorrido entre Santiago, Fisterra y Muxía. Habló de conversaciones que surgieron con facilidad entre desconocidos, del esfuerzo físico de las etapas y de la emoción de llegar al destino. Con ese testimonio puso de relieve una dimensión del Camino que, según explicó, fue más allá del viaje y dejó huella en quienes lo recorrieron.

El trabajo turístico: estabilidad, conciliación e inteligencia artificial.

El primer bloque de reflexión de la tarde estuvo dedicado al trabajo en el turismo y fue moderado por Alfredo Losada, delegado diocesano para el Laicado. La sesión reunió la perspectiva académica de Anxo Calvo, la experiencia empresarial de Fabián Buezas, de Viajes InterRías, y el testimonio de Ana Torres, recepcionista de hotel y guía de rutas turísticas.

Anxo Calvo, doctor en Ciencias Económicas y Empresariales y conselleiro del Consello de Contas, propuso examinar la actividad turística desde la doctrina social de la Iglesia. Su exposición desplazó la atención desde las cifras de visitantes y la creación de empleo hacia la experiencia humana de las personas que trabajaron en el sector.

El economista distinguió entre las preguntas habituales sobre el empleo -el número de puestos, los salarios, la productividad o la estacionalidad- y una reflexión sobre el sentido del trabajo. Explicó que este también permitió establecer relaciones, desarrollar capacidades, asumir responsabilidades y contribuir a la comunidad.

Desde ese planteamiento, sostuvo que la valoración de un modelo turístico debía tener en cuenta la dignidad de sus trabajadores. La cuestión no quedó reducida a cuánto empleo se generó, sino que se extendió a su calidad y a las posibilidades que ofreció para sostener una vida personal, familiar y social.

Calvo recordó la diversidad de tareas necesarias para atender a quienes viajaron: alojamiento, restauración, limpieza, transporte, comercio, visitas culturales y actividades de ocio. En todas ellas identificó una relación entre personas que pudo favorecer el encuentro, pero que también corrió el riesgo de convertirse en subordinación cuando el trabajador quedó reducido a un coste o a un recurso de producción.

La estacionalidad ocupó una parte importante de su intervención. El ponente planteó hasta qué punto la concentración de la actividad en determinados meses, la inseguridad laboral y los horarios dificultaron la conciliación, la formación y el descanso.

La hospitalidad apareció en su exposición como una “responsabilidad compartida”. El trabajador pudo ofrecer su conocimiento, su cultura y su cercanía, pero ese intercambio requirió también una actitud respetuosa y abierta por parte del visitante.

Calvo abordó después la transformación digital del turismo. Mencionó la incorporación de herramientas de inteligencia artificial a las reservas, los precios, las recomendaciones, la traducción y la atención automatizada. Reconoció los cambios que esas aplicaciones introdujeron en la organización del trabajo y advirtió del riesgo de que el avance técnico no fuese acompañado de una mejora de las condiciones humanas.

Su reflexión invitó a examinar quién se benefició de los aumentos de productividad, qué ocurrió con los puestos de trabajo y cómo participaron los empleados en la riqueza generada. La estabilidad, la atención personal y el bienestar de las familias quedaron así vinculados a la evaluación del desarrollo turístico.

Una mesa redonda para abordar los retos de cuidar a quienes trabajan en el turismo.

La mesa redonda permitió contrastar esas preguntas con experiencias concretas. Fabián Buezas, representante de Viajes InterRías, explicó que su grupo empresarial contó con unos 350 trabajadores y destacó medidas de apoyo como el teletrabajo, la disponibilidad de alojamientos y las ayudas para vivienda. También abordó las dificultades para mantener la motivación de los equipos y señaló que la empresa combinó las entrevistas presenciales de selección con la incorporación de herramientas tecnológicas a otros procesos internos.

Ana Torres, recepcionista de un hotel de A Coruña y guía turística, trasladó su preocupación por la inestabilidad laboral, la contratación temporal y las dificultades para conciliar. Describió los cambios de ritmo entre temporadas y la acumulación de funciones en establecimientos pequeños, sin que el salario se correspondiese siempre con las responsabilidades asumidas.

La trabajadora relató también un caso cercano de sustitución de un puesto de coordinación de recorridos turísticos por una aplicación web. Frente a esa incertidumbre, expresó la satisfacción que le produjo atender a los visitantes y ayudarles a conocer el territorio, aunque insistió en que esa vocación debía ir acompañada de unas condiciones económicas adecuadas.

El diálogo abordó, además, la participación de las comunidades locales en el turismo. Buezas explicó que su empresa había comenzado a renovar la oferta con recursos que animasen a regresar a Galicia, como el monasterio de Lérez, en Pontevedra. Reconoció la dificultad de compatibilizar propuestas más específicas con el volumen de actividad necesario para sostener el empleo y valoró la mejora de la colaboración con las administraciones.

Torres coincidió en el interés de muchos visitantes por descubrir lugares menos conocidos. Señaló que las consultas sobre Santiago convivieron con otras acerca de espacios naturales, pequeñas parroquias y recursos del entorno coruñés.

En la conclusión, Anxo Calvo defendió un turismo que combinase la creación de riqueza, su reparto entre quienes contribuyeron a generarla y la conservación del entorno. Para avanzar en ese equilibrio, apeló al diálogo entre empresarios y trabajadores como vía para reducir la precariedad y la rotación.

La hospitalidad y la acogida cristiana.

El segundo bloque de la tarde se centró en la hospitalidad y estuvo conducido por Manuel Antonio Villar Fernández, delegado de Peregrinaciones y Caminos de Santiago. En su introducción recordó que el Camino perteneció también a quienes vivieron a su paso y atendieron a los peregrinos.

La proximidad del Año Santo de 2027 dio a esa reflexión una dimensión concreta. Villar situó la acogida entre los valores que sostuvieron históricamente la peregrinación y la relacionó con la caridad, la convivencia, la amistad y la comprensión mutua.

Antes de esta sesión, Juan Ventura había planteado la responsabilidad de las comunidades ante las personas que entraron en sus templos. Invitó a preguntarse qué encontraron, cómo fueron recibidas y qué pudieron comprender del patrimonio que contemplaron. Explicó que una iglesia, una imagen o un retablo nacieron de una fe y de una comunidad cuya historia mereció ser contada.

La conferencia sobre la acogida cristiana en la Biblia correspondió a Ricardo Sanjurjo Otero, delegado de Universidades y Cultura y profesor de Nuevo Testamento en el Instituto Teológico Compostelano. Su intervención se organizó en torno a tres ideas: la hospitalidad construyó comunidad, formó parte del seguimiento de Jesús y preparó al creyente para dejarse acoger.

Sanjurjo comenzó con referencias a las culturas antiguas del Mediterráneo, en las que recibir al extranjero constituyó un deber social necesario para establecer vínculos entre familias y pueblos. Comparó relatos de la tradición grecorromana con pasajes bíblicos para mostrar la importancia que ambas atribuyeron a la atención al viajero.

uEn su recorrido por el Antiguo Testamento recordó episodios en los que la hospitalidad abrió una posibilidad de vida y de encuentro. La acogida de Abraham a los visitantes y la atención prestada a los profetas sirvieron para explicar cómo la relación con el desconocido adquirió también un significado religioso.

Al abordar el Nuevo Testamento, señaló la identificación de Cristo con el forastero y se detuvo en la escena de Marta y María. A partir de ella explicó que recibir a alguien incluyó tanto la atención material como la disposición a escuchar su vida.

El profesor recordó, asimismo, la importancia práctica de la hospitalidad para las primeras comunidades cristianas. La movilidad de predicadores y creyentes hizo de la acogida una forma de fortalecer sus vínculos y de facilitar la transmisión del Evangelio. Finalmente, relacionó esa actitud con la condición peregrina del ser humano y con la esperanza cristiana de ser recibido por Dios.

Coordinación parroquial de la acogida en Pontevedra.

La reflexión tuvo después una expresión concreta en la experiencia interparroquial de Pontevedra, presentada por Javier Porro junto con las voluntarias Cristina Montenegro y Remedios González. El sacerdote explicó que, durante los últimos catorce años, habían observado un notable crecimiento de la presencia de turistas y peregrinos del Camino Portugués.

Ese aumento llevó a buscar una respuesta más coordinada a las peticiones de visitas, celebraciones y atención espiritual. Porro señaló que la constitución de una unidad pastoral de doce parroquias atendidas por cinco sacerdotes había facilitado la organización de horarios y la unión de esfuerzos.

Cristina Montenegro describió dos formas de acogida en la basílica de Santa María la Mayor. La primera se desarrolló en el exterior, desde un antiguo carrito de helados utilizado como punto de atención. Allí, entre junio y mediados de octubre, los voluntarios recibieron a los peregrinos, sellaron credenciales, conversaron con ellos y les ofrecieron información para visitar el templo.

El encuentro comienza a menudo con preguntas sencillas sobre el recorrido, el cansancio o la procedencia. A través de unos mapas espirituales, los voluntarios indican también distintos espacios de la basílica y explican la posibilidad de participar en la acogida de oración organizada en el interior.

En la capilla del sagrario, esa propuesta se articuló en torno a dos mensajes: «Dios te escucha» y «Dios te habla». Quienes lo desean escriben una petición o una acción de gracias y la depositaron en una cesta. Después puden compartir un momento de oración, guardar silencio y recibir un fragmento de la Escritura para leerlo y meditarlo.

Las voluntarias explicaron que la atención se adaptó a cada persona, a sus preguntas y a su disposición. La experiencia incluyó también la Casa del Inmaculado Corazón de María y la coordinación con otros templos de la ciudad. El Santuario de la Divina Peregrina actuó como punto de referencia para canalizar solicitudes y distribuir celebraciones cuando fue necesario.

Remedios González detalló la formación recibida por los equipos. Incluye contenidos sobre el Camino, la figura del apóstol Santiago, la historia de Pontevedra y sus edificios religiosos, además de preparación para la escucha y la oración.

La voluntaria destacó la necesidad de escuchar con discreción, prudencia y cercanía. Las visitas a otras experiencias de hospitalidad y los encuentros entre los propios colaboradores ayudaron también a conocerse y a trabajar juntos.

Javier Porro insistió en que la apertura de los edificios debía ir acompañada de personas disponibles para atender a quienes entraron. Recordó la amplitud del horario del Santuario de la Peregrina, sostenido por la cofradía y los voluntarios, y señaló la necesidad de ofrecer espacios de conversación a visitantes que llegaron con preocupaciones, cansancio o necesidad de hablar.

Los testimonios de Charo, Rafael, Leonor y Maribel mostraron diferentes aspectos de ese servicio.

Charo relató cómo la atención desde el carrito había enriquecido su vida personal y espiritual. También explicó la importancia que tuvo para los peregrinos el sellado de la credencial, un gesto que pudo parecer rutinario para quien lo realizó, pero que formó parte de una experiencia muy significativa para quien la presentó.

Rafael se refirió al encuentro con personas de otras culturas y a su colaboración con las traducciones. Destacó la cercanía que pudo nacer de unas palabras en el idioma del visitante y la emoción que observó en algunas personas después de participar en la acogida espiritual.

Leonor explicó que recibió a visitantes que desearon rezar, aunque no supieron cómo hacerlo, y a otros que llevaban años alejados de la práctica religiosa. Entre las preocupaciones compartidas aparecieron enfermedades, pérdidas familiares y situaciones personales difíciles. La voluntaria precisó que las peticiones escritas se conservaron sin abrir, para respetar su intimidad, y que el día 11 de cada mes se rezó por esas intenciones.

Maribel, por su parte, habló del efecto que ese acompañamiento tuvo también en quienes lo ofrecieron y vinculó su servicio con la ayuda que ella misma había recibido de la comunidad en un momento difícil.

Javier Porro explicó que durante el verano se había desarrollado una primera formación conjunta entre parroquias, la Casa del Inmaculado Corazón de María, la Cofradía de la Peregrina y la Asociación de Amigos del Camino Portugués. Anunció la intención de mantener encuentros mensuales de formación y oración, e invitó a extender experiencias semejantes a otras comunidades de la diócesis.

Hospitalidad del Camino ante el Año Santo Santo 2027,.

En la parte final intervino Francisco Lorenzo, jefe del área de Cultura Xacobea y Gestión del Plan Xacobeo, en representación de la Xunta. Trasladó el saludo de su presidente y expresó el interés por la preparación de la acogida de cara al Año Santo de 2027.

Lorenzo aportó su experiencia como hospitalero en San Nicolás de Puente Fitero, en el Camino Francés. Describió las conversaciones con peregrinos de distintas procedencias como una muestra del encuentro y de la fraternidad que se construyeron a lo largo de la ruta.

El arzobispo animó a las comunidades a abrir sus templos y hacer que cada visitante se siente como en casa.

La clausura correspondió al arzobispo Mons. Francisco José Prieto. Pidió que la jornada dejase preguntas abiertas y una mirada renovada sobre la realidad de pueblos, parroquias y santuarios. Recordó que detrás de las cifras hubo personas que viajaron, otras que las recibieron y otras que trabajaron para hacer posible su estancia.

El arzobispo señaló que el turismo se había abordado habitualmente desde sus dimensiones económica, cultural y social. Sin restarles importancia, propuso contemplarlo también desde la fe y desde la experiencia de cada persona que se puso en camino, tanto si emprendió una peregrinación como si buscó unos días de descanso, en solitario o con su familia.

En ese recorrido identificó deseos y necesidades diversos: el encuentro con la belleza, el interés por la cultura, el contacto con la naturaleza y la posibilidad de detenerse. Explicó que un viaje pudo abrir un tiempo para preguntas que la rutina había relegado, y situó ahí una responsabilidad pastoral para la Iglesia.

Por ello, rechazó que la atención al turismo quedase en un lugar marginal de la vida diocesana. Al recordar las orientaciones eclesiales sobre esta pastoral, explicó que la experiencia turística puede convertirse en una ocasión de gracia y de encuentro con Dios. .

El arzobispo defendió una hospitalidad expresada en tiempo, escucha, orientación y cercanía. Señaló que las iglesias y los monasterios conservaron la memoria de generaciones que creyeron, celebraron y rezaron, y que explicar su patrimonio lleva consigo ayudar a comprender esa identidad religiosa.

Desarrolló esta idea al referirse a las catedrales, los santuarios, los retablos y las imágenes. Recordó que aquellos espacios y obras tuvieron su origen en una fe que se expresó mediante la arquitectura, la pintura, la escultura, la música y la vida de las comunidades. Por eso, consideró que una explicación adecuada debía permitir al visitante conocer también las razones que dieron lugar a ese patrimonio.

Mons. Prieto señaló que explicar el patrimonio religioso implica dar a conocer su origen y su sentido. La información histórica y artística debía ayudar al visitante a comprender la fe que inspiró aquellas obras y los motivos por los que fueron creadas.

La belleza, el silencio y la celebración litúrgica fueron, en su reflexión, caminos para acercarse a esa historia de fe. A través de ellos, explicó, el visitante puede descubrir la vida de generaciones de hombres y mujeres que rezaron, afrontaron dificultades, mantuvieron la esperanza y transmitieron sus creencias.

El arzobispo se detuvo también en el ritmo de las visitas turísticas. Frente a los recorridos apresurados de un lugar a otro, invitó a favorecer ocasiones para detenerse y contemplar. El encuentro con la naturaleza, el arte, otras culturas o el silencio pudo suscitar preguntas sobre la propia identidad, el rumbo de la vida, la relación con los demás y el lugar de Dios.

A su juicio, la Pastoral del Turismo debía aprender a acompañar esas preguntas con discreción. Insistió en la importancia de recibir a cada persona con respeto, sin encasillarla por sus creencias o su vinculación con la Iglesia. La acogida cristiana, explicó, nace del reconocimiento del otro como hermano.

En este punto, recurrió a la tradición bíblica de la hospitalidad y a la atención al peregrino presente en la regla de san Benito. Recordó que la recepción del pobre y del forastero estuvo unida, en la experiencia cristiana, al reconocimiento de Cristo. La hospitalidad adquiere así una dimensión de fe que fue más allá de la organización de un servicio.

Mons. Prieto vinculó esa tradición de hospitalidad con una Archidiócesis recorrida por caminos de peregrinación, tanto los que llevan a Santiago como los que se prolongan hasta Muxía y Fisterra. Señaló que acoger a alguien significa también hacerle sentir parte de la comunidad, aunque su estancia fuese breve.

La reciprocidad ocupó otro espacio de su reflexión. Quien viaja lleva consigo una cultura, una sensibilidad y una experiencia que pueden enriquecer a quienes lo recibe. El encuentro requiere, por tanto, apertura por ambas partes y disposición a dejarse acoger, además de saber acoger.

El arzobispo recordó que ofrecer celebraciones religiosas, mantener abiertas las iglesias y presentar adecuadamente su patrimonio forma parte de esta tarea. A ello añadió la necesidad de cuidar la relación personal, de modo que el visitante encontrase a alguien dispuesto a escuchar y a acompañar su búsqueda.

También reclamó atención para trabajadores, guías, empresarios y profesionales del turismo, a quienes reconoció como los primeros rostros de acogida en muchas ocasiones. Sus horarios y exigencias laborales, indicó, tuvieron consecuencias sobre la vida familiar, personal y comunitaria.

Al recoger el debate de la primera parte de la tarde, señaló que esas personas necesitan  acompañamiento, reconocimiento y una reflexión cristiana sobre su trabajo. Su contacto cotidiano con los visitantes les permite conocer expectativas, alegrías y decepciones, mientras que los ritmos intensos de la actividad condicionan sus propias relaciones y tiempos de descanso.

En su reflexión final, invitó a las parroquias a ofrecer al visitante un lugar entre ellas. Reconoció las dificultades de las comunidades rurales y de un voluntariado de edad avanzada, pero animó a abrir los templos y a preparar personas capaces de recibir, escuchar y acompañar.

Animó a las comunidades a mostrar la belleza de su patrimonio y la fe que le dio origen. Las invitó a favorecer el encuentro, la contemplación y la escucha, para que quienes llegasen pudieran compartir sus preguntas e inquietudes con confianza.

El arzobispo terminó agradeciendo el trabajo de quienes prepararon la jornada y de cuantos participaron en ella. Invitó a recoger lo compartido como impulso para continuar una pastoral atenta a las personas que llegaron, acogieron, trabajaron, descansaron y regresaron a sus hogares. El final del encuentro, indicó, debía abrir una continuidad en la vida cotidiana de las parroquias y comunidades.

 

 

 

Previous articleTraslado temporal das Misas do Peregrino á igrexa de Santo Agostiño
Next articleEl arzobispo presidirá en San Fernando una misa con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado