El Arzobispo de Santiago pide que la hospitalidad cristiana con los migrantes se convierta en una práctica constante

La Archidiócesis de Santiago de Compostela celebró el domingo 27 de septiembre la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado con una eucaristía en la parroquia de San Fernando, en Santiago de Compostela. La celebración, que comenzó a las 12.30 horas, estuvo presidida por el arzobispo, monseñor Francisco José Prieto Fernández, quien llamó a traducir la acogida cristiana en compromisos concretos, especialmente con los niños y adolescentes migrantes.

Bajo el lema «Incluso uno solo de estos pequeños», inspirado en el Evangelio de san Mateo, la jornada puso en el centro la dignidad de cada menor. En su homilía, el arzobispo reclamó colaboración entre administraciones y territorios y recordó la responsabilidad de la Iglesia en el acompañamiento y la acogida.

Mons. Francisco Prieto reconoció las dificultades de esta tarea, pero advirtió de que ninguna respuesta podía prescindir de las personas afectadas: “La realidad de la migración reclama responsabilidad y decisiones difíciles; no se vuelve más sencilla cuando dejamos de mirar a las personas que la viven y la sufren”.

La dignidad de cada niño, en el centro de la acogida.

El arzobispo citó las palabras de León XIV durante su visita a España, cuando pidió abandonar los discursos que dividen y afrontar la complejidad sin simplificaciones. También se refirió al mensaje del Papa para esta jornada, centrado en los niños y adolescentes que migran con sus familias, separados de ellas o sin un adulto que los proteja. En este sentido, Subrayó que ninguna frontera ni situación administrativa puede menoscabar su dignidad e invitó a las comunidades cristianas a vivir la hospitalidad como un compromiso cotidiano.

Detrás de las cifras de llegadas, las plazas de acogida y los traslados, el prelado señaló que hay niños con miedo e incertidumbre. Por ello, pidió que el lenguaje de la gestión no ocultase sus rostros ni sus necesidades.

El arzobispo se refirió también a la situación de Ceuta, marcada por las muertes de personas que intentaban llegar a la ciudad, la necesidad de proteger a los menores migrantes y la presión sobre los recursos de acogida. Reconoció, además, las dificultades que afrontaban los vecinos, los profesionales y los servicios públicos para responder a esta realidad.

Recordó que Cáritas había señalado el impacto sobre la población ceutí y denunciado la instrumentalización política o estratégica de las personas migrantes. “No debemos enfrentar unos sufrimientos con otros”, afirmó, reclamando respeto a la dignidad y a los derechos tanto de los ceutíes como de quienes llegaban.

El arzobispo defendió una solidaridad sostenida por recursos y responsabilidades compartidas, sin dejar desprotegidos a los menores mientras se debatían las soluciones. Frente al riesgo de acostumbrarse al sufrimiento, sostuvo: “Lo que un cristiano no puede discutir es si la vida y la dignidad de un niño cuentan“. También pidió evitar que el miedo o el cansancio llevasen a considerarlos una carga o a convertirlos en argumentos de una disputa.

Una fe que se expresa en decisiones y en gestos.

El arzobispo recordó que la Palabra de Dios “no nos deja instalados en la culpa ni en la impotencia”. A partir de la lectura de Ezequiel, invitó a abandonar la injusticia mediante gestos concretos: retirar una palabra hiriente, dejar de propagar un rumor o vencer una indiferencia convertida en costumbre. Aludió al primer hijo de la parábola, que acabó acudiendo a la viña después de haberse negado, para recordar que siempre es posible cambiar de actitud.

Desde la carta de san Pablo a los Filipenses, Mons. Prieto señaló a Cristo como modelo de ese cambio y recordó la invitación del apóstol a tener en cuenta los intereses de los demás. «Cristo no contempló nuestra fragilidad desde lejos», afirmó, subrayando que se acercó, compartió la condición humana y entregó su vida. Desde esa experiencia de acogida, planteó: “Si hemos sido acogidos así por Él, ¿cómo podríamos negar una mirada de hermanos a quienes llegan heridos y desorientados?”.

Las parroquias, llamadas a acompañar y compartir la responsabilidad

Mons. Prieto concretó las exigencias de la protección de los menores: escucharlos, garantizarles un lugar seguro, atender sus necesidades y ofrecerles educación y oportunidades de futuro, además de procurar la reunificación familiar cuando respondiera a su bien.

Afirmó que esta tarea requiere colaboración institucional y compromiso de las comunidades cristianas: «Y exige algo de la Iglesia: que no deleguemos toda la responsabilidad».

El arzobispo también señaló que las parroquias pueden acompañar a quienes llegan, apoyar a los trabajadores de la acogida y crear espacios donde los jóvenes recién llegados y los de la comunidad se conociesen y creciesen juntos.

Sin pedir a nadie que resolviese por sí solo una crisis de esta magnitud, animó a identificar necesidades concretas al alcance de cada comunidad. En este sentido, propuso informarse antes de repetir noticias o rumores, cuidar la forma de hablar sobre las personas migrantes y preguntar en la parroquia qué ayuda se podía prestar. También invitó a enseñar a los niños a acercarse a un compañero recién llegado, aprender su nombre y hacerle sitio.

La homilía concluyó con una referencia a la Eucaristía como encuentro de quienes necesitan misericordia y reciben un mismo Pan. Mons. Prieto pidió reconocer a Cristo en cada pequeño y perseverar en su cuidado: “Cuando el Señor nos llame a su viña, que nuestra respuesta no se quede en los labios y se haga vida”.

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