Conmemoración de los Fieles Difuntos: recordar con gratitud, vivir con esperanza

El arzobispo de Santiago, mons. Francisco José Prieto Fernández, presidió este lunes, 2 de noviembre, la eucaristía de la conmemoración de los Fieles Difuntos en la iglesia compostelana de San Agustín.

Durante la celebración invitó a los fieles a poner nombre, rostro e historia a las personas por las que oraban y a quienes recordaban en ese día: familiares, amigos, vecinos y conocidos que compartieron con ellos una parte de su camino. Subrayó que su presencia fue un regalo que permanece vivo en la memoria y en el corazón, y por el que siempre hay motivos para dar gracias.

«Amamos la vida», afirmó el arzobispo al recordar que ese don exige cuidado, cariño y también la capacidad de perdonar y dejarse perdonar. La oración por los difuntos estuvo así unida al agradecimiento por cuanto dejaron en la vida de quienes los conocieron.

En continuidad con la solemnidad de Todos los Santos, celebrada el día anterior, evocó a los llamados «santos de la puerta de al lado», expresión acuñada por el papa Francisco para referirse a tantas personas cuya entrega cotidiana, discreta y silenciosa sostiene la vida de los demás.

La esperanza cristiana ante las preguntas de la muerte

El arzobispo se detuvo en las dudas del apóstol Tomás, recogidas en el Evangelio, para acercarlas a los interrogantes que también surgen ante la muerte y la ausencia. Las preguntas sobre el camino, la confianza y la esperanza, explicó, forman parte de la experiencia de fe.

La respuesta de Jesús sitúa en su propia persona el fundamento de esa confianza. Desde esa perspectiva, recordó la promesa de una morada en la casa del Padre y la esperanza en Cristo, vencedor de la muerte.

El salmo «El Señor es mi pastor, nada me falta» acompañó esta reflexión como expresión de una fe que sostiene el caminar de cada día y permite confiar a Dios a quienes han partido de este mundo.

Cuidar la vida y acompañar el sufrimiento

La esperanza en la vida eterna, subrayó el arzobispo, tiene también consecuencias en el presente. Mientras se recorre ese camino, corresponde cuidar la propia vida y la de los demás, escuchar el Evangelio y evitar actitudes que alimenten el enfrentamiento o agranden las distancias entre las personas.

En este contexto, invitó a hacer silencio y a pedir la paz como un don para la vida personal y comunitaria. Tuvo especialmente presentes a quienes necesitan serenidad y esperanza para seguir adelante tras la pérdida de un ser querido.

Finalmente, evocó a María al pie de la cruz y reunida en oración con los discípulos, como presencia que acompaña el dolor humano y mantiene viva la esperanza en la resurrección.

 

Previous articleJornadas sobre la Amoris laetitia en el Instituto Superior Compostelano de Ciencias Religiosas