Marín recordó, este jueves por la tarde, con una Eucaristía a un matrimonio venezolano y a sus dos hijos, vinculados a la localidad, que perdieron la vida en el terremoto de Venezuela mientras pasaban allí sus vacaciones. El arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández, presidió la celebración, concelebrada por los párrocos David Mohedano y Francisco Pena.
La comunidad educativa del colegio de la Inmaculada, compañeros y profesores, así como representantes de los equipos de hockey y gimnasia artística, participaron en una celebración que reunió el dolor por la pérdida, el recuerdo y la esperanza cristiana.
En su homilía, el arzobispo reconoció el desconcierto que provoca una tragedia de estas dimensiones y la dificultad de encontrar palabras ante la muerte de una familia entera.
El prelado se dirigió especialmente a los compañeros de los niños fallecidos. Habló de la dificultad de comprender la pérdida de un amigo y de las emociones que pueden sucederse al recordarlo: la tristeza, la necesidad de llorar o una sonrisa al evocar un momento compartido.
«No hay una manera perfecta de despedirse», expresó. Recordar a los compañeros, hablar de ellos con alguien de confianza y pedir compañía cuando se sienta su ausencia fueron algunas de las propuestas que ofreció para vivir el duelo.
La lectura del libro de la Sabiduría sirvió al arzobispo para situar en el centro de la celebración la confianza en Dios. Poner la vida de los fallecidos en sus manos, explicó, significaba confiarlos al cuidado del Padre, aun cuando permanecieran sin respuesta tantas preguntas sobre lo sucedido.
Desde esa perspectiva, recordó las palabras de Jesús a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida». El arzobispo presentó esta promesa como el fundamento de la esperanza cristiana ante una muerte que duele y desconcierta.
También señaló que esa esperanza no elimina el sufrimiento ni borra la ausencia. La familia seguiría siendo recordada en los lugares de los que había formado parte: el hogar, el colegio, la parroquia y los clubes deportivos. En esos espacios aparecerían recuerdos y momentos difíciles que necesitarían tiempo y compañía.
La oración se extendió a todas las familias afectadas por el terremoto y a quienes habían perdido a sus seres queridos en otras catástrofes. Junto al recuerdo de los dos niños y de sus padres, la comunidad puso ante Dios sus nombres, sus rostros y cuanto habían vivido y esperado.







