- Los jóvenes diocesanos regresan del Jubileo en Roma con la esperanza como equipaje.
Desde las piedras centenarias de la Colegiata de Santa María del Sar partió, el pasado 27 de julio, una caravana de fe, juventud y anhelo. Más de 300 jóvenes de la Archidiócesis de Santiago emprendieron un viaje hacia Roma para participar en el Jubileo de los Jóvenes convocado por el papa Francisco. Bajo el lema Peregrinos de la Esperanza, cruzaron fronteras y paisajes, llevando en la mochila más preguntas que respuestas, más sed que certezas, y el corazón abierto al viento del Espíritu.
La misa de envío, presidida por el arzobispo de Santiago mons. Francisco José Prieto Fernández, marcó el primer paso de un itinerario que no solo medía kilómetros, sino convicciones. El pastor compostelano los invitó a desplegar las velas de la vida y dejar que el Espíritu las llenase, recordando que cada camino cristiano es una llamada personal a la misión.
Esta peregrinación fue impulsada y coordinada por la Delegación de Infancia y Juventud en colaboración con la Delegación para las Universidades y la Cultura, acompañados de distintos sacerdotes y responsables de pastoral.
El recorrido tejió un rosario de etapas y rostros. Lourdes, con su gruta silenciosa y su luz inagotable, fue la primera gran parada. Allí, entre procesiones de antorchas y agua bendecida, los peregrinos recordaron que la fe se guarda mejor en las manos abiertas. Luego, Saint-Maximin y las reliquias de María Magdalena, testigo de la Resurrección, les ofrecieron un ejemplo de fidelidad valiente. En Pistoia, la amistad centenaria entre la ciudad toscana y Compostela se renovó en una misa que unió dos caminos de Santiago separados por la historia, pero enlazados por la fe.
Y llegó Roma. La Ciudad Eterna recibió a miles de peregrinos, y en la Plaza de San Pedro tuvo lugar un encuentro histórico: la misa para cerca de 30.000 jóvenes españoles, acompañados por sus obispos. Fue un momento de comunión nacional dentro de la gran cita jubilar, uniendo acentos y corazones en la misma oración.
En Tor Vergata, más de un millón de jóvenes del mundo participaron en la vigilia y la misa final del Jubileo presididas por el Papa León XIV. Allí, el Santo Padre les habló con la ternura y la firmeza de quien quiere dejar huella: “No se nace para lo cómodo, sino para el vértigo del amor que se renueva”, y recordó que la verdadera amistad se encuentra “en aquellos unidos por la caridad divina, donde el amor al amigo se entrelaza con el amor a Dios”. Hubo silencios que hablaron más que cualquier discurso, como el de la adoración eucarística, cuando un millón de miradas se elevaron al mismo tiempo hacia el Santísimo.
Pero la Ciudad Eterna no fue un final, sino un umbral. Asís los recibió con la pobreza alegre de Francisco y Clara, y con el testimonio luminoso del beato Carlo Acutis, que recordaba a todos que “la Eucaristía es mi autopista hacia el cielo”; Colle Don Bosco, con la pasión salesiana de San Juan Bosco y el ardor juvenil de Santo Domingo Savio; Paray-le-Monial, con el latido inagotable del Corazón de Jesús revelado a Santa Margarita María de Alacoque y custodiado por la fidelidad de San Claudio de la Colombière; y Taizé, con el susurro ecuménico de la oración compartida. En cada alto, una semilla; en cada mirada, un reflejo; en cada Eucaristía, un renovado envío.
Fue en Loyola donde pasaron la última noche, arropados por San Ignacio, aprendiendo que los caminos no se cierran, sino que se transforman en nuevas sendas que nacen en el corazón. Y el broche final fue en Covadonga, donde, ante la Virgen, depositaron todo lo vivido y confiaron en sus manos la esperanza encendida en el Jubileo de Roma.
De vuelta a Galicia, no traen souvenirs ni trofeos, sino la certeza de que el verdadero Jubileo comienza ahora: en las aulas, en las familias, en las parroquias, en la vida sencilla que pide ser vivida con esperanza. Porque el viaje que empezó en Compostela y pasó por Roma no termina nunca cuando se camina con el Evangelio en el corazón.
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