Corazones jóvenes entre refugios del alma: Taizé y Paray-le-Monial como escuelas de interioridad

Paray-le-Monial amaneció como punto de partida de una jornada marcada por el encuentro. En el trayecto hacia la comunidad de Taizé, la silueta majestuosa de la abadía de Cluny se dejó ver a lo lejos, recordando la huella viva de siglos de oración y trabajo monástico.

En Taizé, se unieron a los casi tres mil jóvenes acogidos esta semana —y que, como sucede cada verano, se renuevan semana tras semana con la llegada de entre tres y cuatro mil peregrinos—, atraídos por la experiencia de comunión, diálogo y oración que los hermanos ofrecen sin descanso.

El hermano Henry, guatemalteco de origen, y Pedro, voluntario de la comunidad, fueron los encargados de guiarles en este primer acercamiento, que incluyó también la participación en la oración del mediodía junto a los hermanos, antes de compartir juntos la comida y visitar la tumba del hermano Roger, fundador de esta obra de paz y unidad.

Por la tarde, de vuelta a Paray-le-Monial, retomaron el hilo de su propio camino jubilar. Visitaron la capilla de las apariciones, la gran basílica, la capilla de San Claudio de la Colombière y la de la adoración perpetua, lugares donde el Corazón de Jesús sigue palpando en silencio.

Tras la cena, la noche se llenó de oración con una intensa Hora Santa, en respuesta al deseo de Jesús a Santa Margarita, para reparar las ofensas hechas a su Corazón. Aquella oración prolongada y profunda dejó en los jóvenes un eco sereno y agradecido. Ahora, con el corazón lleno de lo vivido, la peregrinación se despide de Paray-le-Monial para emprender el camino hacia Loyola, última etapa antes del regreso a Santiago.

Artículo anteriorDe Don Bosco al Corazón de Cristo: los jóvenes diocesanos peregrinan hacia Paray-le-Monial
Artículo siguienteJubileo de los jóvenes diocesanos: donde la esperanza se hace camino