Tras las huellas de Don Bosco: los peregrinos se detienen en la colina donde brotó un sueño

Después de despedirse de Asís, los jóvenes peregrinos diocesanos pusieron rumbo al norte. Dejaron atrás la ternura franciscana para dejarse sorprender por otro gigante de la fe: San Juan Bosco. La etapa de hoy no ha sido tanto una visita a Turín como un alto en Colle Don Bosco, la colina donde nació el santo de los jóvenes y donde su historia sigue latiendo con fuerza.

Allí, en la calma de la colina, los voluntarios salesianos acogieron a los peregrinos y les ayudaron a descubrir el alma de aquel muchacho valiente que creyó en los jóvenes más frágiles y en un Dios que transforma la vida desde lo cotidiano. Recorrieron su casa natal, ahora convertida en un museo vivo de espiritualidad, y conocieron los lugares donde Don Bosco rezó, trabajó y soñó.

La Eucaristía se celebró en la Basílica Superior, corazón del santuario, como un homenaje agradecido a quien dedicó su vida a los más pequeños. Y ya caída la noche, con el silencio como compañero, los jóvenes peregrinaron hasta la cercana casa de Santo Domingo Savio, otro adolescente que —a la luz del carisma salesiano— supo encontrar la santidad desde su juventud.

Fue una jornada distinta, menos urbana y más interior. Una parada serena para mirar con otros ojos la vocación a la alegría, la importancia del acompañamiento y la certeza de que Dios sigue llamando hoy, como ayer, a levantar vidas con ternura y pasión.

Mañana, los caminos los llevarán de nuevo a Francia: Paray-le-Monial los espera con el corazón abierto.

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