La celebración en la Catedral compostelana reunió a religiosos, religiosas y fieles en torno a la simbólica fiesta de la Presentación del Señor
El lema de 2026, “¿Para quién eres?”, invitó a profundizar en el sentido de la vocación y en la vida entendida como servicio a los demás
El arzobispo destacó la entrega cotidiana de la vida consagrada en la educación, la acción social y el acompañamiento pastoral en la diócesis
La Catedral de Santiago de Compostela celebró en la tarde de hoy lunes, a las 19:30 horas, la festividad de la Presentación del Señor, en el marco de la trigésima Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que cada año coincide con esta fiesta litúrgica. La conmemoración recordó el pasaje evangélico en el que María y José presentaron a Jesús en el templo de Jerusalén, un gesto entendido como ofrenda a Dios y como signo de la entrega de quienes consagran su vida al servicio del Evangelio.
La eucaristía fue presidida por el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández, y contó con la tradicional bendición de las candelas, un rito vinculado a esta festividad y que evocó a Cristo como luz para las naciones.
En su homilía, el prelado dirigió un saludo cercano a los miembros de la vida consagrada presentes y les expresó un agradecimiento especial por su dedicación sostenida en el tiempo. Reconoció su labor en ámbitos como la educación, la acción social, el trabajo pastoral y parroquial, así como su acompañamiento silencioso en múltiples realidades humanas. Afirmó que su presencia constituye una “expresión profética” y un don para la Iglesia diocesana.
El arzobispo subrayó que el lema de este año, “¿Para quién eres?”, no plantea una cuestión de identidad, sino de sentido y de orientación de la vida. Explicó que esta pregunta interpela no solo a los consagrados, sino a todos los bautizados, al recordar que la consagración tenía su raíz en el bautismo.
Mons. Prieto también señaló que la presentación de Jesús en el templo no fue solo el cumplimiento de una norma religiosa, sino una ofrenda de vida. En ese gesto, dijo, se manifiesta que la vida no se poseía de manera absoluta, sino que era recibida como don para ser entregado. Cristo, presentado por María y José, aparecía así “enteramente para Dios y enteramente para la humanidad”.
La bendición de las velas adquirió un significado especial en este contexto. En este sentido, arzobispo evocó las palabras del anciano Simeón al reconocer a Jesús como “luz para alumbrar a las naciones” y explicó que esa luz está destinada a a llegar a todos los pueblos e invitó a los fieles a ser luz en la vida familiar, en el trabajo, en la cultura, en la enfermedad y en la fragilidad cotidiana.












