Este sábado, 15 de agosto, tuvo lugar en la Catedral de Santiago de Compostela la celebración solemne de la Asunción de la Virgen María, presidida por el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto Fernández.
La celebración estuvo precedida por la tradicional procesión del Cabildo y por el funcionamiento del Botafumeiro, en una jornada marcada también por la presencia de numerosos peregrinos.
En su homilía, monseñor Prieto Fernández presentó a María como modelo de fe y de vida para quienes, como los peregrinos, entienden la existencia como un camino hacia la plenitud. El arzobispo profundizó también en el significado de la Asunción de la Virgen, que la Iglesia celebra como la entrada de María en los cielos en cuerpo y alma.
Una invitación a reconocer el bien recibido y dar gracias.
El prelado centró buena parte de su mensaje en el Magníficat, el cántico que el Evangelio de Lucas pone en boca de María. A partir de él, invitó a los fieles a adoptar una actitud de agradecimiento y a reconocer que todo cuanto son y viven constituye un don.
«Todo lo que somos nos ha sido dado», afirmó durante la homilía, antes de invitar a los presentes a descubrir también el valor de las personas que forman parte de su vida cotidiana.
Esa mirada, añadió, debe estar acompañada de la humildad de María, que se reconoce como «humilde sierva del Señor». Una humildad que, según explicó, no esclaviza, sino que permite reconocer, desde la verdad de la propia vida, la presencia y la grandeza de Dios.

El arzobispo llamó también a los cristianos a mirar la fragilidad humana con la misma misericordia con la que Dios contempla a sus hijos. En este sentido, reclamó capacidad para perdonar, reconciliarse y acercarse a quienes atraviesan momentos de dificultad.
Una llamada a permanecer junto a los demás.
El prelado compostelano abordó también la necesidad de permanecer al lado de quienes sufren. A partir de la actitud de María, que permaneció junto a Isabel, al pie de la cruz y con los discípulos, invitó a los fieles a no apartarse ante las dificultades de los demás.
El arzobispo llamó a no «mirar para otro lado» y defendió una presencia cristiana en la sociedad basada en la misericordia, la fraternidad y la justicia.
En esta tarea incluyó también el respeto a la dignidad de cada persona y a toda vida. Reivindicó la necesidad de proclamar la verdad sobre el ser humano y de reconocer la huella de Dios en cada persona, como expresión concreta de esa misericordia.
Para el arzobispo, esta respuesta debe darse en el camino cotidiano, a través de gestos y palabras: «Donde está presente un cristiano, un discípulo, un hijo de Dios, un hijo de María tiene que estar presente en palabra y en gesto la misericordia de Dios».
María, compañera de camino para los peregrinos.
Finalmente, el arzobispo vinculó la figura de María con la experiencia del peregrino. Recordó que la Virgen «se puso en camino» y permaneció durante tres meses junto a Isabel, una imagen que trasladó a la vida diaria de los cristianos.
«María nos abraza desde el cielo», afirmó el arzobispo, antes de invitar a los peregrinos y a todos los fieles a convertirse también en compañeros de camino de quienes comparten su existencia.
La celebración de la Asunción concluyó con una llamada a vivir la fe desde el agradecimiento, la misericordia y la fraternidad, bajo la intercesión del apóstol Santiago y con María como referencia de una vida entregada a Dios y cercana a los demás.












