- Una jornada que unió fe, cultura y diálogo en A Toxa.
- La voz de las instituciones: El turismo como herramienta de cohesión y encuentro-
- Gustavo Riveiro: El turismo como un cambio de época y oportunidad de evangelización.
- Mesa redonda: La acogida de peregrinos y turistas, una experiencia viva en Galicia.
- Monseñor Prieto: «Salir de nuestras tierras y regresar enriquecidos… eso es lo que queremos custodiar en la pastoral del turismo».
El viernes, 19 de septiembre, la Isla de A Toxa se convirtió en un escenario donde la fe y el turismo se dieron la mano para caminar juntas. Allí, la Archidiócesis de Santiago de Compostela celebró la primera Jornada de Pastoral del Turismo, un encuentro pensado para reflexionar sobre el papel de la Iglesia en un sector que mueve millones de personas en el mundo, pero que también abre puertas interiores, espirituales y comunitarias.
Organizada por la Delegación de Pastoral del Turismo, bajo la coordinación del sacerdote Juan Ventura Martínez Reboeiras, la cita congregó a representantes de la Iglesia, autoridades civiles, agentes del sector turístico y voluntarios parroquiales que día a día ofrecen acogida a peregrinos, visitantes y turistas en Galicia.
Una jornada que unió liturgia, cultura y diálogo.
La mañana comenzó en clave espiritual, con una Eucaristía en la capilla de Nuestra Señora del Carmen de A Toxa. Después, los asistentes recorrieron la isla en una visita guiada que permitió redescubrir este enclave que desde hace más de un siglo se asocia al descanso, la hospitalidad y el turismo termal.
A las 17:30 horas se inició la acogida de los participantes y la entrega de materiales, preludio a la recepción oficial de autoridades. Entre los presentes se encontraban el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco Prieto, representantes de la Xunta de Galicia, de la Diputación de Pontevedra, alcaldes y concejales de municipios turísticos.
El delegado Juan Ventura abrió el acto recordando que, en parroquias como la suya en San Vicente do Mar, la población se multiplica por diez en verano. “Eso nos habla de un cambio enorme y de una oportunidad pastoral inmensa”, afirmó, subrayando que la Iglesia también fue “pionera en crear turistas”, con aquellas excursiones del catecismo que muchos aún guardan en la memoria.
La voz de las instituciones.
Las instituciones locales y autonómicas también quisieron dejar su huella. La concejala de Turismo de O Grove, María López, destacó la identidad de la villa como referente de hospitalidad, gastronomía y sostenibilidad, y defendió que el turismo debe ser “una herramienta de cohesión y encuentro entre culturas”.
Por su parte, Javier Tourís, diputado provincial, recordó el peso del Salnés como motor turístico con más de 60.000 plazas hoteleras y lo unió al poder espiritual del Camino de Santiago. “Turismo y religión van de la mano”, señaló.
El delegado territorial de la Xunta, Agustín Reguera, subrayó que el turismo representa ya más del 10% del PIB gallego y que el Camino se ha convertido en una seña de identidad inseparable del territorio: “Muchos peregrinos buscan paz, y la encuentran en nuestras capillas e iglesias abiertas”.
El turismo como cambio de época: la conferencia de Gustavo Riveiro.
El momento central de la jornada fue la conferencia de Gustavo Riveiro D’Angelo, director nacional de la Pastoral del Turismo en la Conferencia Episcopal Española, titulada “Turismo, cultura y evangelización”.
Con un estilo cercano, cargado de imágenes y referencias literarias, Riveiro situó el fenómeno turístico como un verdadero cambio de época tras la Segunda Guerra Mundial, equiparable en magnitud a la revolución industrial. Recordó que el turismo mueve cada año más de 1.400 millones de personas en el mundo y que, en España son 100 millones representando el 13% del PIB directo y hasta el 60% de forma indirecta.
“Lo único que la Iglesia no puede hacer frente a este fenómeno inquietante es estar ausente o indiferente”, advirtió. Y citando al Concilio Vaticano II, recordó que “no hay nada verdaderamente humano que no resuene en el corazón de la Iglesia, y el descanso es profundamente humano”.
En un discurso que alternó datos, parábolas y anécdotas, el conferenciante defendió que el turismo debe integrarse en la pastoral ordinaria de la Iglesia, no como algo marginal ni estacional. Invitó a no desaprovechar la oportunidad de encuentro fugaz pero precioso que se da cuando un turista cruza el umbral de una iglesia: “Si se va como vino, hemos perdido una ocasión fabulosa”.
Uno de los pasajes más recordados de su intervención fue la reflexión sobre las diferencias entre turista, viajero y peregrino, descritas a través de cuatro verbos: mirar, ver, observar y contemplar. “El viaje verdadero es aquel que transforma, que abre los ojos y el corazón. El turista puede convertirse en peregrino cuando descubre que su camino exterior es también un viaje interior”, explicó.
Apelando a Kafka, a Neruda y al Evangelio, Riveiro tejió un discurso en el que el turismo apareció no solo como industria, sino como escuela de humanidad y espacio privilegiado para sembrar la alegría del Evangelio.
La conferencia concluyó con un llamamiento a la responsabilidad compartida. Riveiro advirtió sobre los riesgos de la “turismofobia” cuando los proyectos se diseñan sin contar con la comunidad local, y puso ejemplos como Venecia para subrayar la importancia de que los habitantes sean protagonistas en el desarrollo turístico.
También destacó iniciativas innovadoras como los parques culturales eclesiales o la formación específica de guías para el patrimonio religioso, que permiten unir profesionalidad, belleza y evangelización.
Mesa redonda: turismo y fe se encuentran en la acogida.
Posteriormente, bajo el eco de las preguntas se celebró la mesa redonda. Moderaba el encuentro Juan Ventura, que, con la calma del que sabe escuchar, fue dando paso a las voces de los protagonistas: Mercedes de Castro, del grupo Piedras Vivas de Santiago; Celestino Fernández, párroco de Miño; la hermana Paula Téllez, hospedera del monasterio cisterciense de Armenteira; y Daniel Turnes Rey, rector del santuario de Nuestra Señora de la Barca, en Muxía.
Mercedes de Castro, con la tímida pasión de quien se sabe parte de algo vivo, habló de Piedras Vivas, esa comunidad de jóvenes que “hace hablar a los templos”, revelando la fe escondida entre los capiteles y portadas románicas. “No es solo arte —recordó—, es un lenguaje que toca corazones, aunque vengan como turistas despistados o como buscadores de belleza.”
El padre Celestino, hombre de parroquias marineras, relató con frescura la paradoja del verano: iglesias que en invierno se apagan, pero que con la llegada de turistas rebosan vida. “Me quedo confesando hasta pasadas las once de la noche”, contaba. Para él, las palabras clave eran tres: acoger, escuchar, acompañar.
La hermana Paula Téllez, desde el valle del Salnés, habló con acento sereno sobre la experiencia de los monasterios abiertos. “En Armenteira somos nueve hermanas —dijo—. Recibimos peregrinos y turistas que buscan descanso, silencio, o tal vez algo más. Lo que se encuentra allí, aunque no se entienda la lengua, es el latido de Dios. Apertura y gratuidad: dos palabras que definen nuestra casa.”
Por su parte, Daniel Turnes, el más joven en el cargo, reconoció con sencillez que aún estaba aprendiendo a cuidar el emblemático santuario de Muxía. Consciente del peso de la tradición y de la devoción marinera, narró la diversidad de peregrinos que llegan a la Virgen de la Barca: los que vienen por un folleto turístico sin saber muy bien dónde están; los que conocen cada detalle histórico; los romeros de septiembre; y los que dan tres vueltas de rodillas alrededor del templo, como promesa ancestral. “Todos vienen con algo en el corazón», explicó.
La conversación se adentró después en lo que buscan los visitantes. ¿Turismo cultural, búsqueda estética, un momento de paz, una chispa de fe? Mercedes habló de jóvenes que lloran al descubrir la ternura escondida en las esculturas del Pórtico de la Gloria. Paula recordó a peregrinos que, aun sin fe, salen transformados tras escuchar los cantos de vísperas. Celestino habló de conversiones inesperadas en un confesionario de verano. Y Daniel compartió la estremecedora historia de un anciano argentino que, tras cumplir la promesa de dar tres vueltas de rodillas con las cenizas de su esposa, exhaló su último suspiro en el santuario, “cumplí María Esther” —como él mismo dijo antes de morir—.
El debate también giró hacia las redes sociales. Allí se reconoció su valor como nuevas plazas públicas donde anunciar la fe. Piedras Vivas las usa para conectar comunidades dispersas; en Muxía retransmiten misas para que devotos en México o Suiza sigan vinculados; y en Armenteira los propios peregrinos se convierten en narradores espontáneos de lo vivido. “Si no estás en las redes, parece que no existes”, apuntó Mercedes.
No faltaron las reflexiones sobre los límites: el cansancio de parroquias desbordadas en verano, el silencio roto en los claustros, la necesidad de más manos y voluntarios. Pero también se reconoció el fruto espiritual: encuentros que interpelan, preguntas que obligan a profundizar en la fe, amistades que nacen alrededor de una misa o de una fachada románica explicada al atardecer.
La mesa concluyó con un aire de esperanza. Todos coincidieron en que queda mucho camino por recorrer, pero también que el turismo —cuando se vive desde la acogida y la escucha— es una oportunidad de evangelización.
De la Campa: El Camino, un camino de fe.
La tarde caía en la Jornada de Pastoral del Turismo cuando las últimas dos voces se alzaron para cerrar un encuentro que había sido, sobre todo, un ejercicio de memoria y esperanza. Primero habló Idelfonso de la Campa Montenegro, director del Xacobeo de la Xunta de Galicia. Tras él, clausuró el acto el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto Fernández. Entre ambos discursos se trazó un puente entre lo tangible y lo intangible: las cifras que impresionan y las preguntas que conmueven, la gestión y el espíritu, las piedras y el alma del Camino.
De la Campa compartió la noticia que muchos esperaban: el Camino de Santiago vive un momento de esplendor sin precedentes. El año pasado se entregaron 499.000 compostelas, pero los nuevos sistemas de conteo implantados en las rutas francesa y portuguesa revelaban un horizonte mayor: cerca de 700.000 peregrinos llegaron realmente a Compostela.
Sin embargo, advirtió que todo éxito trae consigo desafíos. Señaló dos riesgos que le preocupaban. El primero, el de despojar a la peregrinación de su raíz espiritual bajo normativas administrativas que olvidan la acogida cristiana. Recordó que la Iglesia y las instituciones fueron quienes sostuvieron el Camino a lo largo de la historia, con la fe y con la asistencia material, y defendió que la hospitalidad no podía perder su identidad. “El Camino nació como un camino de fe —subrayó— y sigue siéndolo hoy. Muchos peregrinos, incluso sin declararse cristianos, viven en él un proceso de perdón y de reconciliación consigo mismos”.
El segundo riesgo lo expresó con tristeza: el envejecimiento de las comunidades monásticas. En lugares emblemáticos como Oseira, Sobrado dos Monxes o Samos, los albergues ya empezaban a ser gestionados por la administración pública ante la falta de religiosos. “Es una desgracia —lamentó— porque cuando perdemos la acogida cristiana, perdemos parte del alma del Camino.”
El arzobispo llama a custodiar la fe en la pastoral del turismo.
Después de él, tomó la palabra el arzobispo de Santiago. Su intervención, más que un discurso, sonó a meditación compartida, un recorrido que unía historia, humanidad y espiritualidad.
Mons. Prieto inició su intervención con un agradecimiento sincero a la delegación de pastoral del turismo y a todas las instituciones presentes. Recordó que la jornada había reunido realidades diversas: monasterios, parroquias, universidades y santuarios; comunidades que, pese a sus diferencias, comparten un objetivo común: acoger, acompañar y cuidar al peregrino y al visitante.
Para situar su reflexión, evocó una escena bíblica fundacional: la llamada de Dios a Abraham, “Sal de tu tierra”. Y en esa frase resumió la esencia del movimiento humano: la curiosidad, la búsqueda de sentido y la necesidad de encuentro.
El arzobispo vinculó esta llamada a la pastoral del turismo, un campo donde lo económico y lo humano se entrelazan. Subrayó que acoger al visitante, acompañar al peregrino y cuidar a los trabajadores del sector no es solo una cuestión de logística, sino de humanidad y de espíritu.
Consciente de los matices y complejidades del fenómeno,el prelado compostelano invitó a no reducirlo a cifras ni a clichés. Recordó que incluso en la tradición cristiana, Jesús invitaba a los discípulos a “ir a la otra orilla a descansar”, recordando que todos, en algún momento, son viajeros, peregrinos y buscadores de sentido.
El arzobispo cerró su intervención regresando al Camino de Santiago como símbolo. Citó el tradicional saludo de los peregrinos al llegar a Compostela: Ultreia et Suseia, una llamada a seguir caminando con esperanza y apertura. “Salir de nuestras tierras y regresar enriquecidos por otras tierras y otras gentes: eso es lo que queremos custodiar en la pastoral del turismo”, concluyó.
Turismo con alma: la experiencia de Galicia.
La primera Jornada de Pastoral del Turismo cerró sus puertas con un eco de reflexión y esperanza. Entre datos, cifras y experiencias compartidas, quedó claro que el turismo, cuando se vive desde la acogida y la escucha, puede transformarse en un espacio de encuentro, de fe y de humanidad. Los peregrinos, turistas y visitantes no solo recorren caminos físicos, sino que también transitan senderos interiores, donde la contemplación y la sorpresa revelan la riqueza espiritual que Galicia ofrece a quien se detiene a mirar con atención.
El encuentro reunió las voces de todos los participantes: desde las instituciones que impulsan y sostienen el turismo, hasta los monjes, sacerdotes, religiosas y voluntarios que abren sus puertas a cada viajero. Cada intervención, cada testimonio, contribuyó a trazar un mapa donde la hospitalidad, la cultura y la fe se entrelazan, recordando que la pastoral del turismo no es solo responsabilidad de unos pocos, sino un esfuerzo compartido que transforma caminos y corazones, y ofrece a cada visitante la oportunidad de encontrarse consigo mismo y con los demás.













