La peregrinación diocesana de los catequistas avanza entre jornadas intensas y llenas de significado. Cada día ofrece una nueva experiencia de comunión, de belleza y de fe compartida, que va dejando en los corazones de los catequistas una huella profunda en este Jubileo de la Esperanza.
Domingo, culmen de la celebración
El domingo fue el día más esperado: la Eucaristía jubilar de los Catequistas, presidida por el Papa León XIV en la Plaza de San Pedro. Desde primera hora de la mañana, el grupo compostelano pudo situarse muy cerca del altar, frente a la Puerta Santa, y vivir la celebración junto a catequistas de todos los rincones del mundo.
En su homilía, el Papa dejó palabras que resonaron como llamadas personales: el Evangelio no solo ha de conocerse, sino amarse; el catequista no transmite lecciones, sino que hace resonar la fe con su propia vida; y educar en la fe significa sembrar en los corazones la Palabra de vida para que dé frutos de bien. La institución de 39 nuevos catequistas de distintos países fue otro signo de esperanza y universalidad.
La jornada continuó con un recorrido por Piazza Navona, las Basílicas Mayores de San Juan de Letrán y Santa María la Mayor, y la pequeña joya de Santa Práxedes. Durante toda la tarde, el arzobispo mons. Francisco Prieto acompañó al grupo, ofreciendo luz espiritual e histórica, un detalle que todos agradecieron al caer la noche.
Lunes, memoria de los orígenes
El lunes condujo a los peregrinos a la raíz de la fe. En las catacumbas de San Calixto, al celebrar la Eucaristía en el día de San Miguel, presidida por el delegado Miguel López Varela, el grupo experimentó con fuerza la comunión con los primeros cristianos y con los santos que sostienen el camino de la Iglesia.
Más tarde, la visita a San Pablo Extramuros impresionó por su grandiosidad y por el recuerdo vivo del apóstol misionero. Por la tarde, el Coliseo y los Foros Romanos ofrecieron un contraste elocuente: la grandeza efímera del poder humano frente a la esperanza humilde y firme del cristianismo que sigue en pie tras veinte siglos.
Martes, huellas de Francisco y Carlo Acutis
El martes, la peregrinación se trasladó a Asís, tierra de San Francisco. La primera parada fue la Porciúncula, aquel lugar donde el poverello escuchó la voz de Dios que le pedía “reparar la Iglesia”. Allí, los catequistas renovaron en silencio su propio sí a la misión.
La jornada continuó con la visita a la basílica de San Francisco, a la de Santa Clara y al Santuario del Despojo, donde descansan los restos del joven beato Carlo Acutis. Ante su tumba, modelo luminoso para la juventud, los sacerdotes del grupo tuvieron además la sorpresa de encontrarse con la madre del beato, en un gesto sencillo que muchos guardaron como un regalo.
Un camino que continúa
La peregrinación prosigue, entre la belleza, la espiritualidad y también la prueba. En todo lo vivido, los catequistas descubren cómo Dios se hace presente y confirma la misión. Este Jubileo de la Esperanza les recuerda que ser catequistas es dejar resonar la Palabra con la vida, sembrar esperanza en cada corazón y ser testigos de fe en las comunidades a las que han sido enviados.












