La villa de Cangas vivió este domingo una de sus jornadas más señaladas del calendario religioso y festivo: la solemnidad del Santísimo Cristo del Consuelo. Tras el novenario y un triduo de preparación predicado por el sacerdote diocesano Ernesto Gómez Juanatey, la localidad se volcó con los actos litúrgicos y la tradicional procesión que cada año reúne a centenares de fieles.
Desde primera hora de esta mañana, el templo parroquial abrió sus puertas para acoger a los devotos. La primera eucaristía se celebró a las 9:00 horas, mientras que a las 11:30 horas tuvo lugar la misa principal, aplicada por los devotos del Santísimo Cristo a intención de la Cofradía y presidida por el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto Fernández. Ya por la tarde, a las 19:30 horas, se celebró una misa rezada tras la cual salió a la calle la esperada procesión.
El recorrido procesional, punto culminante de la jornada, estuvo encabezado por la venerada imagen del “Rey inmortal”, que volvió a despertar el fervor y la emoción de los asistentes. Al término, a las puertas de la iglesia parroquial, se entonaron los himnos de la Salve marinera y del Cristo del Consuelo, momentos en los que la devoción popular se mezcló con el sentimiento de pertenencia a una tradición que hunde sus raíces en la historia de la villa.
Durante la homilía de la misa solemne, el arzobispo ofreció una visión inclusiva y esperanzadora de la fe cristiana, recordando que el amor de Dios abraza a toda la humanidad sin distinción. “Cristo es de todos y para todos”, proclamó, subrayando que la fe auténtica no conoce fronteras ni etiquetas. Su mensaje invitó a vivir la espiritualidad como un espacio de encuentro, unidad y comunión.
Asimismo, al hilo de las lecturas bíblicas, mons. Prieto señaló que el Evangelio sigue interpelando al mundo actual, marcado por conflictos y desigualdades. Recordó los nombres de territorios en guerra como Gaza y Ucrania, sin olvidar aquellas zonas de África o Asia donde los enfrentamientos permanecen en el olvido mediático. “La paz —advirtió— no se construye con protagonismos estériles, sino con el servicio humilde, como el del propio Cristo que dijo: ‘No he venido a que me sirvan, sino a servir’”.
el prelado compostelano también abordó el valor de la verdad, no como argumento teórico, sino como experiencia vivida. “La verdad del crucificado” —dijo— es la que revela el amor inagotable de Dios. Frente a las mentiras y rumores que distorsionan la realidad, el arzobispo defendió una verdad que se encarna en la entrega y el servicio.
Uno de los pilares del mensaje de monseñor Prieto fue el amor entendido como una experiencia compartida. Señaló que amar no siempre es fácil, especialmente cuando se hace desde el egoísmo. En lugar de centrarse en el “yo amo”, invitó a descubrir el “nosotros somos amados”, una forma de conjugar el amor que refleja apertura, fraternidad y pertenencia. Porque el verdadero amor, dijo, no se impone ni se reclama: se recibe, se comparte y se vive en comunidad.
En el tramo final de su intervención, monseñor Prieto quiso tener unas palabras de reconocimiento para el párroco, Severo Lobato, a quien agradeció públicamente su entrega y disponibilidad en el ejercicio de su ministerio durante estos años. Y concluyó confiando a todos los presentes a la intercesión de la Virgen María, recordando sus palabras en Caná: “Haced lo que os diga el Cristo”.






