El arzobispo invita a vivir la fraternidad desde «un corazón reconciliado» en el VIII Centenario del Tránsito de San Francisco

El domingo 4 de octubre, se celebró en el convento de San Francisco de Santiago una eucaristía con motivo del VIII centenario del tránsito de san Francisco de Asís, presidida por el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández. En su homilía, invitó a llevar el legado del santo a la vida cotidiana mediante la atención a quienes están solos, la reconciliación y el compromiso de reconocer y reparar el daño causado.

La conmemoración se enmarcó en el Año Jubilar concedido por el Papa a toda la Familia Franciscana, entre enero de 2026 y enero de 2027. El tránsito recuerda el fallecimiento de Francisco al atardecer del 3 de octubre de 1226, vivido por el santo como el paso gozoso hacia la vida eterna y el encuentro con Dios.

Una fraternidad que empieza por dedicar tiempo al otro.

El arzobispo comenzó su reflexión con la palabra «hermano», cuyo significado Francisco fue ampliando hasta abrazar a todas las criaturas y llamar hermana incluso a la muerte. Ochocientos años después, propuso acercarse a la fe que hizo posible esa mirada y dejar que el Evangelio encontrara también espacio en la vida de los creyentes.

Presentó al santo de Asís como uno de los pequeños de los que habla Jesús: alguien que aprendió a dejarse enseñar por Dios y a reconocer su necesidad de amor y perdón. Frente al afán de tenerlo todo previsto, defender la propia imagen o demostrar autosuficiencia, señaló que saberse hijo de Dios permite descubrir al otro como un hermano, también cuando piensa de manera distinta o su presencia resulta incómoda.

Monseñor Prieto invitó a prestar atención a quienes necesitan compañía, esperan una visita o buscan ser escuchados, aunque no puedan ofrecer nada a cambio: «La fraternidad empieza cuando consentimos que alguien interrumpa nuestros planes».

En este sentido, señaló que esa forma de vivir nació del encuentro de Francisco con Cristo crucificado, en quien descubrió un amor que se entrega, acompaña al herido y abre camino al perdón. Explicó que la huella de Jesús en la vida cotidiana se hace visible en la disponibilidad para servir, el cuidado de las palabras y la generosidad para compartir los propios bienes.

La paz se construye en las relaciones de cada día.

El arzobispo también evocó la carta de León XIV a la familia franciscana con motivo del centenario, en la que el Papa presentó a Francisco, al final de su vida, como un hombre pacificado. A partir de su llamada a ser «testigos desarmados y desarmantes» de la paz de Cristo, invitó a abandonar el rencor, la necesidad de tener siempre razón y la sospecha que impide reconocer el bien en los demás.

También destacó que escuchar sin humillar, decir la verdad con caridad y pedir perdón con sinceridad pueden abrir caminos de reconciliación. Así, en las comunidades religiosas, las familias y las parroquias, explicó, la paz se construye en los gestos cotidianos: al hablar con respeto de quien está ausente, aceptar una corrección o acompañar a quien atraviesa un momento difícil.

Reparar la Iglesia exige escuchar y asumir responsabilidades.

Al recordar la misión de Francisco de reparar la casa de Dios, Mons. Prieto subrayó que esa tarea sigue abierta y requiere coherencia entre lo que la Iglesia anuncia y la vida de sus miembros. Advirtió de que las rivalidades, la dureza en el trato y el apego a las propias seguridades dañan la credibilidad del mensaje cristiano.

«Reparar la Iglesia exige también reconocer el daño causado», señaló. En este sentido, el arzobispo pidió escuchar a quienes lo han sufrido y asumir responsabilidades. Recordó a las personas que se alejaron porque encontraron indiferencia cuando necesitaban acogida, recibieron juicios cuando esperaban comprensión o fueron heridas después de haber depositado su confianza. Sus historias, sostuvo, reclaman verdad, justicia y un cuidado expresado en hechos.

Extendió esa responsabilidad al cuidado de la creación. La mirada creyente de Francisco, explicó, invita a vivir con sobriedad, agradecer lo recibido y pensar en las generaciones futuras. El uso del agua, la tierra, los alimentos y la energía forma parte de ese compromiso cotidiano con el prójimo.

Al concluir, presentó el tránsito del santo como un testimonio de esperanza. Francisco conoció la enfermedad, la fragilidad y el sufrimiento, pero mantuvo su confianza en Dios. Desde esa experiencia, el arzobispo pidió que el centenario dejara frutos concretos: una reconciliación aplazada, una presencia más fiel junto a quien está solo o una mayor libertad para compartir. Así, expresó, su memoria podría convertirse en «Evangelio vivido entre nosotros».

 

Artículo anteriorUna «casa de oración y de fraternidad»: la invitación del arzobispo a la Cofradía del Rosario en Bonaval