Una «casa de oración y de fraternidad»: la invitación del arzobispo a la Cofradía del Rosario en Bonaval

La Real e Ilustre Cofradía Numeraria del Rosario celebró el domingo 4 de octubre, en Santo Domingo de Bonaval, una eucaristía en honor a su patrona, Nuestra Señora del Rosario. La celebración estuvo presidida por el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Francisco José Prieto Fernández, y concelebrada por Pablo Carou, miembro de la hermandad.

Una procesión desde la Catedral hasta Bonaval.

La jornada comenzó con la procesión de la imagen de Nuestra Señora del Rosario, patrona de la cofradía, desde la Catedral de Santiago hasta Santo Domingo de Bonaval, donde se celebró la eucaristía.

Fundada a finales del siglo XV, la hermandad mantiene viva una devoción transmitida de generación en generación. Durante la homilía, el arzobispo destacó esa herencia de fe y recordó a quienes, en el seno de las familias, enseñaron a rezar y a confiar en Dios con palabras sencillas y con su ejemplo

«Detrás de la devoción a la Virgen hay nombres, rostros», señaló al recordar a tantas personas que encontraron en la oración la fuerza para afrontar los momentos difíciles.

Una fe que dé frutos en la vida cotidiana.

A partir de la imagen de la viña, presente en las lecturas, Mons. Francisco José Prieto explicó que el cuidado de Dios precede a la respuesta de cada creyente. La vida recibida, la fe y las personas que sostienen a otros en sus dificultades fueron algunos de los ejemplos con los que acercó ese mensaje a los cofrades.

El arzobispo invitó también a examinar los frutos de la fe en la vida cotidiana. Recordó que el amor recibido de Dios debe reflejarse en el trato con la familia, en la manera de hablar de los demás, en el cumplimiento de las responsabilidades y en la escucha de quienes necesitan atención.

En este camino, presentó a Cristo, crucificado y resucitado, como fundamento de una vida nueva, y a María como ejemplo de acogida y confianza.

Una fraternidad en la que cada persona se sienta acompañada.

El prelado destacó el Rosario como una oración que permite recorrer con María la vida de Jesús y confiarle las preocupaciones familiares, los problemas de salud, la incertidumbre por el futuro de los hijos y las heridas que permanecen abiertas. Subrayó que esa oración ayuda a afrontar las dificultades y educa el corazón para responder a las necesidades de cada día.

Trasladó esta reflexión a la vida de la hermandad, cuyo propio nombre, recordó, habla de hermanos. «La devoción compartida puede hacer crecer una fraternidad real», afirmó, al pedir que cada persona se supiera reconocida y acompañada dentro de la cofradía.

El arzobispo concluyó con el deseo de que el amor recibido de Dios diera fruto en las familias, en las comunidades y en la vida de quienes más necesitan cercanía y ayuda. Después de la homilía, impuso la medalla a los nuevos cofrades.

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