Rito de Admisión: la historia de cuatro vocaciones en camino

En la Diócesis de Santiago de Compostela, cuatro voces se alzan con un mismo latido: el deseo profundo de decirle sí a Dios. Vienen de tierras distintas, de historias marcadas por búsquedas, dudas, encuentros y abrazos decisivos.

Juan Manuel, Francisco Javier, Víctor y Andrés caminan hacia el Rito de Admisión a las Sagradas Órdenes con el corazón abierto, llevando en sus manos alegrías, montañas, playas y silencios que revelan su vocación. En sus palabras descubrimos que seguir a Cristo no es un destino, sino un viaje de coraje, de entrega y de esperanza. Estas son sus historias.

Juan Manuel Montenegro

La vocación de Juan Manuel es un amanecer que no termina de revelar todos sus colores. Venezolano, peregrino de 37 años, confiesa que cada día descubre un matiz nuevo en esa llamada que comenzó a gestarse entre risas compartidas con seminaristas que visitaban su pueblo.

Aunque podría fijar varias fechas, sabe que Dios le hablaba desde mucho antes, con una constancia silenciosa. Para él, su camino se parece a una playa: un lugar libre, sencillo, donde uno puede descalzarse y ser auténtico. Allí identifica al Señor: como brisa que anima, como horizonte que no cansa.

Santa Teresita del Niño Jesús es su faro, y su gesto vocacional es la cercanía, esa presencia que consuela sin hacer ruido. Al recibir el Rito de Admisión, siente que su “sí” se vuelve público y profundo, un puente entre su historia y la de la Iglesia de Santiago de Compostela.

Sueña con ser sacerdote para reflejar alegría, para que al mirarlo, otros vean a Cristo. Y su deseo final resuena como una plegaria sencilla: amar a Jesús y hacerlo amar.

Francisco Javier Serrano

En la vida de Francisco Javier, la vocación brotó como una chispa en medio del dolor ajeno. Venezolano, hijo de encuentros juveniles, descubrió su llamada al escuchar las heridas y esperanzas de los jóvenes en una Pascua Joven.

Allí, en las emociones compartidas, sintió que Dios lo invitaba a acompañar, a sostener, a caminar con otros desde la fe. Su historia tiene ritmo de canción: “Hermano entre los hombres”, una melodía que le recuerda que seguir a Cristo es ser testigo de amor con la propia vida. Libros de cabecera como el de San Francisco de Asís, lo acompañan como brújulas que señalan sentido y entrega.

Imagina su camino vocacional como un paisaje donde la montaña, el campo y el mar conviven, reflejando su interior: búsqueda, serenidad y horizonte. Vive el Rito de Admisión con gozo y una paz profunda, convencido de que la vocación es, ante todo, estar a los pies del Señor, como María en Betania.

Espera aportar a la Iglesia sencillez, cercanía y fraternidad. Para él, dos palabras definen su destino: esperanza y amor, aquello que nunca se agota y siempre renace.

Víctor Leis

La vocación de Víctor comenzó cuando aún era un niño que miraba con admiración a su párroco, don Aurelio, un hombre santo cuya vida dejó huella en su corazón. De Porto do Son, criado entre los ritmos tranquilos de su parroquia, aprendió desde pequeño que servir a Dios es, sobre todo, un acto de amor cotidiano.

Tras la pandemia, una inquietud silenciosa lo golpeó con fuerza: la sensación de que faltaba algo esencial. Y en el diálogo sincero con su sacerdote, se atrevió a dar el paso hacia el seminario. Su camino se parece a una montaña, con subidas duras y descensos necesarios, pero siempre con la certeza de que cada tramo conduce a lo alto.

El Rito de Admisión lo vive como continuidad y como satisfacción: nada termina, pero algo importante se afirma. Se siente llamado a servir desde su limitación, inspirado por las obras de misericordia que recuerdan que cada acto hecho al más pequeño, es hecho a Cristo mismo.

De la vida en el seminario, atesora la riqueza de la diversidad: edades, culturas y modos distintos que se unen en un mismo deseo. Y guarda un consejo como lema de vida: “Todo se andará”. Un paso cada día, con esperanza.

Andrés Fernando Figueroa

La vocación de Andrés nació al mirar a un sacerdote cuya vida hablaba por sí sola. Una imitación que no fue copia, sino semilla. Hoy vive su año pastoral como quien afina el oído para escuchar mejor a Dios en la gente.

Si su vocación fuera una canción, sería “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, porque siente que este camino consiste precisamente en eso: donar lo más hondo de uno mismo sin reservas. Ama los libros, en especial Cien años de soledad, donde la vida se entrelaza con el misterio, y se siente acompañado por San José Allamano, maestro de misión y consuelo. Su paisaje interior une mar y montaña, un rincón donde la naturaleza se mezcla con la memoria. El Rito de Admisión es para él un abrazo mutuo: la Iglesia que lo acoge y él que se entrega a este territorio para servir.

Si su vocación fuera un gesto, sería un abrazo real, de esos que rompen la soledad contemporánea. Su palabra es felicidad, porque este camino lo lleva precisamente allí. Su mensaje es valiente: no temer al amor, no temer al riesgo, no temer a entregar el corazón entero. Pues, como dice, el corazón no se endosa: se ofrece.

Cuatro historias, un compromiso

Despedimos este recorrido que nos ha permitido asomarnos al corazón de cuatro vocaciones en camino. Sus palabras, tejidas de sencillez, valentía y gratitud, nos recuerdan que Dios habla en lo pequeño: en una mirada que anima, en un silencio que orienta, en una comunidad que abraza y en la certeza humilde de saberse llamado.

Juan Manuel, Francisco Javier, Víctor y Andrés continúan su paso hacia las Sagradas Órdenes, llevando consigo el deseo profundo de servir.

Que su paso decidido nos recuerde que la fe sigue encendiendo caminos, y que cada vida, cuando se ofrece, se convierte en un lugar donde Dios encuentra espacio para obrar.

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