Monseñor Francisco José Prieto presidió la Eucaristía de toma de posesión, subrayando en su homilía la importancia de poner a Cristo en el centro, cultivar una inteligencia evangélica y caminar juntos como comunidad de fe.
- En su primer saludo a la feligresía, Ricardo Vázquez Freire recordó la importancia de la oración y la unidad: «La vida espiritual es la base de todo trabajo pastoral».
Hoy domingo, la parroquia de Santa María y Santiago A Coruña abrió sus puertas a un rito cargado de memoria y de futuro. A las 19:00 horas, monseñor Francisco José Prieto Fernández, arzobispo de Santiago de Compostela, presidió la solemne Eucaristía en la que el sacerdote Ricardo Vázquez Freire fue recibido como nuevo párroco, mientras la comunidad se despedía emocionada de José Luis Veira Cores, quien culminó así más de dos años de entrega pastoral.
La celebración estuvo marcada por la tradición, la liturgia y el calor humano de una feligresía que, consciente del cambio, quiso agradecer lo vivido y abrirse esperanzada a lo que comienza. Concelebraron los vicarios territorial de A Coruña y de Pastoral, el arcipreste de Faro, el abad de la Colegiata coruñesa y otros sacerdotes cercanos, testigos de un relevo que es más que un trámite: es la vida misma de la Iglesia en marcha.
Ritos solemnes en la toma de posesión.
El nombramiento de Vázquez Freire había sido publicado tras el decreto firmado el pasado 23 de junio. Y fue precisamente con la lectura de ese documento, en voz del vicario de A Coruña, Severino Suárez, como comenzó el gesto solemne de la toma de posesión.
El nuevo párroco recibió uno a uno los signos que sellan su misión: el arzobispo le entregó las llaves, invitándole a abrir la casa de Dios para todos; luego, el repique de las campanas. Incensó la pila bautismal, se sentó en el confesionario, recogió la llave del Sagrario y, finalmente, ocupó la sede presidencial, símbolo de su servicio como pastor y guía de la comunidad.
La homilía del arzobispo: Cristo en el centro.
En su predicación, monseñor Prieto quiso detenerse en lo esencial: la misión del sacerdote no es un puesto administrativo ni un encargo provisional, sino un don confiado por el mismo Cristo a través de la Iglesia. “Cristo en el centro”, subrayó, recordando que toda comunidad parroquial debe girar en torno a esa única certeza.
Tomando como punto de partida la parábola del administrador infiel proclamada en el Evangelio, el arzobispo subrayó que la vida cristiana no se reduce a una gestión eficiente de los bienes materiales: la auténtica clave está en la libertad de los hijos de Dios y en dejar que el Señor sea el primero, de lo contrario la vida se desordena.
La inteligencia evangélica.
Fue entonces cuando monseñor Prieto introdujo una expresión que resonó con especial hondura: la necesidad de cultivar una inteligencia evangélica. Frente a la inteligencia que el mundo celebra —tecnológica, productiva, calculadora—, la Iglesia propone una sabiduría distinta, nacida del Evangelio y encarnada en los sencillos.
“La inteligencia evangélica —dijo— no es la astucia que busca atajos ni ventajas, sino la audacia del que arriesga por el Evangelio. Es la sabiduría de los corazones sencillos, de aquellos que se dejan guiar por el Espíritu y aprenden a perdonar siempre, a amar sin condiciones, a responder al mal con el bien”.
El arzobispo dibujó con hondura la lógica propia del Evangelio: responder con una presencia acogedora, sembrar caminos de reconciliación y reconocer en cada persona a un hermano. ‘Es una sabiduría que desconcierta porque no es cálculo ni estrategia, sino misericordia’, afirmó.
Monseñor Prieto recordó que la fidelidad cristiana consiste en enraizarse en Cristo con audacia y confianza. En este sentido, invitó a cultivar una ‘inteligencia evangélica’, nacida del corazón de Dios, que sirve en lugar de dominar, confía en lugar de temer y se abre siempre al perdón sin límites.
Una comunidad en camino.
La homilía terminó como había empezado: con la mirada puesta en el pueblo de Dios. “Somos comunidad, somos parroquia, pero sobre todo somos Iglesia en camino”, recordó el arzobispo. Invitó a los fieles a vivir la sinodalidad, a caminar juntos, como hicieron los primeros discípulos enviados “de dos en dos”.
Finalmente, mons. Prieto dirigió unas palabras directas al nuevo párroco, recordándole que su misión no se mide por el lugar al que es enviado, sino por la fidelidad al único que llama y confía. “El Señor te encomienda esta comunidad —dijo—, y en ella deberás derramar el don recibido, con oración compartida y con la audacia evangélica de quien sabe que no camina solo, sino acompañado por el pueblo de Dios.”
El arzobispo extendió después la mirada hacia la comunidad de Santa María y Santiago, invitándola a acoger con generosidad a su nuevo pastor. Subrayó que una parroquia no es nunca obra de un solo sacerdote, sino un camino compartido: “Hacemos camino juntos, como Iglesia, como pueblo en marcha”, recordó. Encomendó a la Virgen y al Apóstol Santiago la vida de esta comunidad, pidiendo que se fortalezca en la unidad, en la oración y en la misión evangelizadora que da sentido a toda parroquia.
La comunidad se despide y agradece.
Antes de concluir la misa, algunos representantes de la parroquia quisieron expresar su gratitud. En nombre de todos, agradecieron al arzobispo su cercanía y a José Luis Veira sus más de dos años de entrega silenciosa. Como gesto simbólico, le entregaron una estola roja con la cruz del Apóstol Santiago, para que en cada Eucaristía recuerde a la comunidad que cuidó.
Las palabras fueron sencillas pero hondas: reconocimiento a su fidelidad, petición de perdón por las posibles ausencias, y la certeza de que su huella permanecerá.
La voz del nuevo párroco.
Tras la comunión, el nuevo pastor tomó la palabra. Con emoción reconoció el peso del cambio: “Para mí es un cambio grande, cambio de parroquia, cambio de ciudad, cambio de vicaría…”, confesó. Vázquez Freire evocó sus raíces familiares en A Coruña —“volver un poco a las raíces paternas”— y agradeció tanto a los sacerdotes presentes como a su propia familia, que le acompañó en esta jornada.
Prometió trabajo y oración, recordando a los fieles la necesidad de sostener también la vida espiritual de los sacerdotes.
Con tono cercano, se encomendó a la Virgen María, bajo la advocación de la Esperanza, y al Apóstol Santiago. Y concluyó con una visión de futuro compartido: “Un cura trabajador hace mucho, pero si el cura trabajador tiene feligreses trabajadores y todos vamos a una, podemos hacer grandes cosas”.
Un barrio, una parroquia, un camino.
La ceremonia terminó con alegría serena. El barrio más antiguo de la ciudad, orgulloso de su historia y de su templo, abrazó a su nuevo párroco mientras despedía con gratitud al anterior. La liturgia, entre incienso y canto, recordó a todos que las parroquias son más que muros y agendas: son comunidades en camino, como dijo el arzobispo, “pueblo de Dios en marcha”.







